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lunes, 9 de enero de 2017

A un amigo no se le abandona

Esta historia comienza en Madrid, no hace mucho, pero han sucedido tantas cosas desde entonces que ahora me parece una eternidad. En ese tiempo vivía con mi amigo en un piso cerca del Parque del Retiro. Todo comenzó un día de primavera, la temporada más aburrida para los solteros... A pesar de ello los pasábamos bien, Juan era mi mejor amigo, éramos uña y carne como se suele decir. Disfrutábamos haciendo deporte juntos, jugando o dando largos paseos por el parque que a mí me sentaban de maravilla, y a él seguro que también, nos despejaba la mente.
Juan estudiaba una ingeniería y yo... bueno, yo era feliz tal y como estaba. De vez en cuando al salir por ahí, nos encontrábamos con otras chicas, pero en ningún momento se nos pasó por la cabeza tener algo serio.
Un día cualquiera, estando yo tumbado en el sofá escuche a Juan hablar por teléfono, lo hacía de una forma distinta, incluso empalagosa. No le di la mayor importancia, pero pasando los días venía menos por casa, nuestros pasatiempos se habían convertido en livianos paseos. No le notaba triste, ni preocupado, simplemente distante,
Una noche, mientras cenaba, llegó Juan, esta vez acompañado de una chica. Ella se acercó a mí y me saludó, no hubo más interacción. Cuando terminé de cenar me fui al sofá a ver la tele, como de costumbre. Mi amigo y la nueva cenaron en la cocina, esa noche me tocó ver nuestro programa favorito solo ya que los tortolitos se fueron al cuarto. Al día siguiente ambos salieron de casa haciéndose carantoñas y se olvidaron incluso de decirme adiós.
Así pasaron las semanas, estaba claro que me había apartado y ahora estaba en un segundo plano.
Yo, cada vez más triste y receloso, me sentía realmente solo, no me apetecía comer, ni levantarme del sofá...solo guardaba algo de entusiasmo para ese momento del día en el que íbamos a hacer deporte, aunque ahora solo fuese durante unos pocos minutos, por lo menos conseguía pasar algo de tiempo con el que en algún momento fue mi confidente.
Las estaciones pasaban y la situación no mejoraba, lo que creí que sería algo pasajero se convirtió en algo permanente. 
De vez en cuando cenábamos los tres juntos y ya no había momentos a solas con Juan. En una de esas cenas ''la nueva'' se pudo a recoger los platos, y yo, en un ataque de celos, desencadené una fuerte pelea con ellos. Nadie se pudo de mi lado, incluso durmieron fuera de casa. Pasé la noche dando vueltas a la discusión.
A la mañana siguiente, Juan llegó solo, me saludó de una forma muy borde y triste a la vez. Yo me sentía realmente culpable por lo que había pasado, así que intenté tener algo de contacto con él. Al final conseguí que saliéramos. Tras un largo paseo, en el que solo nos dedicamos a eso, pasear, volvimos a casa y me dijo que me montara en el coche y así lo hice. Pensé que quizás íbamos a alguna terraza a tomar algo como solíamos hacer antaño cuando empezaba el buen tiempo. Tras estar un largo rato en el coche, el paisaje iba cambiando, ya no veía edificios, parques o cientos de personas por la calle. Ahora solo veía incontables árboles. Por fin paró el coche y nos topamos con una casa enorme. Allí mi amigo comenzó a hablar con un hombre, yo me quedé algo rezagado. Finalmente me acerqué y los tres entramos a ese extraño lugar, al cruzar las puertas los ladridos me ensordecieron y de mi solo pudo salir un aullido. Al ver a tantos como yo quedé asombrado, tanto que no me dio tiempo para darme cuenta que mi amigo había desaparecido. Esas puertas se habían cerrado y ahí quede yo, en un lugar muy distinto del que me crié. A pesar de ello volví a mis orígenes, estoy como en casa, ya no siento rabia, ni dolor, ni odio, ni resentimiento...

miércoles, 4 de enero de 2017

El arte de creer.

Los miedos se manifestaban de noche, cuando todo era silencio y oía sus pensamientos abrumándola con sombras del pasado. Sabía que todo podía derrumbarse en un segundo y que debía seguir adelante. Difundió en su cabeza inseguridades que le ahogaban. No soportaba ver que la vida se le iba entre las manos.
Fuera de discusiones inertes amanecía cada día para enfrentarse con el único mundo que había conocido, él. Nunca pudo dejar de mirarle; su pasión al hablar, su forma de mirar, sus perfectas imperfecciones, la forma tan graciosa que tenía de enfadarse... todo ello le hacía irresistible.
Esa combinación perfecta de amistad, humor, dedicación, sueños y complicidad levantaban el mejor fuerte para proteger su historia.
Él la enseñó a creer, a ser exigentes cuando era necesario, a defender con el alma y así construir el respeto. En ese momento tan delicado descubrió las tonalidades; colores que nunca había visto, sonidos que nunca había escuchado, sentimientos que contuvo y que, ahora, vivía intensamente. Aprendió que la vida hay que afrontarla con una sonrisa por mucho que, a veces, cueste.
 
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