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jueves, 2 de febrero de 2017

Las pintoras del impresionismo

Las hemos contemplado como diosas o como humanas, afligidas o radiantes, burguesas, indigentes, vestidas, desnudas, solas, en grupo, en el campo, en la ciudad... De todas las formas posibles hemos visto a la mujer en el arte a lo largo de los siglos, pero, ¿dónde quedaron ellas cómo artistas?

Claramente, podemos apreciar una gran ausencia de la mujer como artista, esto no quiere decir que no lo haya sido. Ellas tienen su lugar en la historia del arte, pero es un lugar muy limitado y lleno de prejuicios en el que han intentado, intentan e intentarán abrirse camino a lo largo de años. Esta limitación responde a una estructura social patriarcal, acompañada de la misoginia, la ignorancia y el machismo que contribuyeron a que la mujer no fuera hacedora de arte (o si lo era poco interesaba). Solo una musa o una modelo del hombre (Praxíteles, Leonardo, Rubens, Rembrandt, Klimt, Picasso y una larga lista de artistas de renombre fueron iluminados por la figura femenina) que nunca gozó de un reconocimiento como el de este y que la mayoría cayeron en el olvido en gran parte de los libros de arte. Siempre inspirando, pero nunca emprendiendo hasta bien entrado el siglo XIX cuando se produjeron algunos avances para la mujer: comenzaron a organizarse y consiguieron, ellas mismas, una mayor importancia social e intelectual. También surgiría la mujer trabajadora, fue en este ambiente renovador donde tomaron parte las mujeres impresionistas.
El Impresionismo, como arte pictórico, aparece en Francia a finales del siglo XIX. En aquella época, la forma de aprender el arte eran las academias (por supuesto, la mujer no entraba en esta forma de aprendizaje) y los académicos encargados de decidir qué valía y qué no. Un grupo de jóvenes rebeldes querían romper con esto y pasaron del taller a la calle.  El objetivo de estos muchachos no era plasmar la realidad de una forma premeditada, sino todo lo contrario, hacerlo de una forma espontánea y directa. El punto de partida lo podemos tomar cuando este grupo decide hacer una exposición por su propia cuenta, independientes del Salón[1], en 1874 la ‘’Société Anonyme des Artistes, Peintres, Sculpteurs, Graveurs’’ en el que presentaron 160 obras. La crítica llegó de la mano de Louis Leroy que juzgó la exposición como: <<una manifestación antiacadémica, hostil, que desafiaba el arte oficial del Salón. Con la impresión de estar inacabadas y de haber sido hechas de una forma rápida.>>
La mujer, junto con el hombre, se introdujo también en este movimiento impresionista en el que muchas conseguirían destacar. Estas no solo consiguieron dedicarse a su obra, sino que, además, no renunciaron a su papel como esposa, madre y/o mujer:

Berthe Morisot (Francia, 1841-1895) fue la primera mujer que se unió a los impresionistas. Impulsora y parte muy activa del movimiento.
Perteneció a una familia parisina acomodada, lo que la facilitó acceder a la educación artística. Fue, al igual que Pissarro, alumna de Corot, al que conoció en 1861 en París.  
Mientras copiaba en el Louvre coincidió con Manet, el cual le dio clases y posó para él en diversas ocasiones, además, terminaría siendo su cuñado.
Fue comisaria y aportó su granito de arena para llevar a cabo exposiciones y tuvo relación con todos los miembros del grupo de impresionistas. Corot influiría en su pintura al aire libre y Manet en los retratos íntimos. Desarrolló sus propias características impresionistas; el uso de los blancos y los vacíos con una pincelada más gruesa y suelta. Con todo ello logró obras muy libres, tanto en la pincelada como en la composición, que gozaron de buena crítica en su tiempo.
Murió en 1895 y un año después sus colegas Renoir, Monet y Degas habían reunido toda su obra para organizar una exposición en su honor.
En el baile (1875). Berthe Morisot

Eva Gonzales (Francia, 1849-1883) hija del escritor español Enmanuel Gonzalès. Fue educada en el Paris más intelectual de la época. Alumna de Charles Joshua Chaplin, un pintor académico que produjo un programa para mujeres en su estudio. También fue modelo y alumna de Manet, del que se puede apreciar la influencia en su pintura. Los temas sobre los que desarrollaría su obra fueron los clásicos del impresionismo; escenas íntimas y escenas de la época. Poco a poco su estilo tomó un rumbo más personal y sus obras adquirieron tonos más claros y suaves.
Murió prematuramente a los 34 años a consecuencia del parto.

Despertar (1874). Eva Gonzales
  
Mary Cassatt (EEUU, 1844-Francia,1926) norteamericana nacida en Pittsburg. Su formación inicial fue en la Academia de Pennsylvania y en la National Academy of Design de Nueva York, donde destacaría por su pintura.
En 1866, se instalaría en París para estudiar pintura de una forma privada. También se dedicó a reproducir obras de grandes artistas en el Louvre.
En 1877 conoció a Degas, él mismo la invitó a unirse a los impresionistas, así entró en contacto con el grupo. Destacó por su pincelada, ágil y suelta.
A partir 1882 iría evolucionando hacia el Realismo.
En 1904 Francia la otorgó la Legión de Honor por su aportación al arte.
Una diabetes y posterior ceguera en 1911 la imposibilitaría para la pintura definitivamente, hasta su muerte en 1926, París.

Paseo en bote (1894). Mary Cassatt

Marie Bracquemond (Francia, 1841-1916) nació en el seno de una familia humilde. Su padre murió cuando aún era una niña. Junto con su madre y su hermana, se trasladó a una localidad del sur de París. A los 10 años empezó a recibir clases y a desarrollar su talento en la pintura.
En 1857 había expuesto su obra en el Salón, lo que la dio un cierto reconocimiento. Se la contrató como copista de obras maestras en el Louvre y allí es donde conoció a su marido, Félix Bracquemond, en 1869. A pesar de las negativas de este, participa en tres de las exposiciones que realizan los impresionistas. Su pincelada, en un primer momento abierta y con tonos intensos fue evolucionando a tonos más delicados. Poco a poco las presiones de su marido consiguieron que la artista dejase de pintar.
Falleció un 17 de enero de 1916 en París.

Debajo de la lámpara (1887). Marie Bracquemond


Gwen John (Reino Unido, 1876- Francia, 1939) a los 22 años se traslada a París para estudiar y perfeccionar su técnica. Su obra se basa en los retratos y escenas de interior. Mantuvo una relación artística y personal con el también artista Auguste Rodin, del que era modelo y amante.
Muere a los 63 años en Dieppe (Francia).

Mujer sosteniendo gato negro (1920). Gwen John
Tina Blau (Austria, 1845-1916) comenzó su educación de forma privada a los 15 años. Tras estudiar en Viena y Múnich, en 1870, entra en contacto con el Impresionismo. Viajó por Europa para impregnarse de los últimos avances y para mejorar sus habilidades como pintora. Su obra se basaba principalmente en los paisajes y la captación de atmósferas en lo que se denominó como ‘’Stimmungsimpressionismus’’ (impresionismo atmosférico).
Co-fundó e impartió clases en la Escuela de Arte de Viena y tuvo una gran influencia en las generaciones venideras de artistas femeninas.

Krieau in the Prater (1902) Tina Blau


Cuando hablamos de Impresionismo nos vienen a la mente nombres como el de Monet, Degas, Pissarro, Renoir… pero pocas veces, o ninguna, se ha oído hablar de ellas. Pero ahí están y tienen su lugar en la historia del arte, emprendiendo una tarea como la de ellos, más si cuenta que tenían que desempeñar sus labores domésticas y luchar contra lo establecido. Y, aunque poco a poco los moldes se han ido rasgando, queda bastante que recorrer y muchos prejuicios que borrar. Como dijo hace más de 2500 años Safo, la poetisa griega que tampoco quiso doblegarse, «os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro».





[1] El salón era una actividad que se celebraba una vez al año, en primavera. Todos los pintores que aspiraban a una cierta fama presentaban sus cuadros a los académicos y estos elegían los mejores cuadros de diversas temáticas.

lunes, 9 de enero de 2017

A un amigo no se le abandona

Esta historia comienza en Madrid, no hace mucho, pero han sucedido tantas cosas desde entonces que ahora me parece una eternidad. En ese tiempo vivía con mi amigo en un piso cerca del Parque del Retiro. Todo comenzó un día de primavera, la temporada más aburrida para los solteros... A pesar de ello los pasábamos bien, Juan era mi mejor amigo, éramos uña y carne como se suele decir. Disfrutábamos haciendo deporte juntos, jugando o dando largos paseos por el parque que a mí me sentaban de maravilla, y a él seguro que también, nos despejaba la mente.
Juan estudiaba una ingeniería y yo... bueno, yo era feliz tal y como estaba. De vez en cuando al salir por ahí, nos encontrábamos con otras chicas, pero en ningún momento se nos pasó por la cabeza tener algo serio.
Un día cualquiera, estando yo tumbado en el sofá escuche a Juan hablar por teléfono, lo hacía de una forma distinta, incluso empalagosa. No le di la mayor importancia, pero pasando los días venía menos por casa, nuestros pasatiempos se habían convertido en livianos paseos. No le notaba triste, ni preocupado, simplemente distante,
Una noche, mientras cenaba, llegó Juan, esta vez acompañado de una chica. Ella se acercó a mí y me saludó, no hubo más interacción. Cuando terminé de cenar me fui al sofá a ver la tele, como de costumbre. Mi amigo y la nueva cenaron en la cocina, esa noche me tocó ver nuestro programa favorito solo ya que los tortolitos se fueron al cuarto. Al día siguiente ambos salieron de casa haciéndose carantoñas y se olvidaron incluso de decirme adiós.
Así pasaron las semanas, estaba claro que me había apartado y ahora estaba en un segundo plano.
Yo, cada vez más triste y receloso, me sentía realmente solo, no me apetecía comer, ni levantarme del sofá...solo guardaba algo de entusiasmo para ese momento del día en el que íbamos a hacer deporte, aunque ahora solo fuese durante unos pocos minutos, por lo menos conseguía pasar algo de tiempo con el que en algún momento fue mi confidente.
Las estaciones pasaban y la situación no mejoraba, lo que creí que sería algo pasajero se convirtió en algo permanente. 
De vez en cuando cenábamos los tres juntos y ya no había momentos a solas con Juan. En una de esas cenas ''la nueva'' se pudo a recoger los platos, y yo, en un ataque de celos, desencadené una fuerte pelea con ellos. Nadie se pudo de mi lado, incluso durmieron fuera de casa. Pasé la noche dando vueltas a la discusión.
A la mañana siguiente, Juan llegó solo, me saludó de una forma muy borde y triste a la vez. Yo me sentía realmente culpable por lo que había pasado, así que intenté tener algo de contacto con él. Al final conseguí que saliéramos. Tras un largo paseo, en el que solo nos dedicamos a eso, pasear, volvimos a casa y me dijo que me montara en el coche y así lo hice. Pensé que quizás íbamos a alguna terraza a tomar algo como solíamos hacer antaño cuando empezaba el buen tiempo. Tras estar un largo rato en el coche, el paisaje iba cambiando, ya no veía edificios, parques o cientos de personas por la calle. Ahora solo veía incontables árboles. Por fin paró el coche y nos topamos con una casa enorme. Allí mi amigo comenzó a hablar con un hombre, yo me quedé algo rezagado. Finalmente me acerqué y los tres entramos a ese extraño lugar, al cruzar las puertas los ladridos me ensordecieron y de mi solo pudo salir un aullido. Al ver a tantos como yo quedé asombrado, tanto que no me dio tiempo para darme cuenta que mi amigo había desaparecido. Esas puertas se habían cerrado y ahí quede yo, en un lugar muy distinto del que me crié. A pesar de ello volví a mis orígenes, estoy como en casa, ya no siento rabia, ni dolor, ni odio, ni resentimiento...

miércoles, 4 de enero de 2017

El arte de creer.

Los miedos se manifestaban de noche, cuando todo era silencio y oía sus pensamientos abrumándola con sombras del pasado. Sabía que todo podía derrumbarse en un segundo y que debía seguir adelante. Difundió en su cabeza inseguridades que le ahogaban. No soportaba ver que la vida se le iba entre las manos.
Fuera de discusiones inertes amanecía cada día para enfrentarse con el único mundo que había conocido, él. Nunca pudo dejar de mirarle; su pasión al hablar, su forma de mirar, sus perfectas imperfecciones, la forma tan graciosa que tenía de enfadarse... todo ello le hacía irresistible.
Esa combinación perfecta de amistad, humor, dedicación, sueños y complicidad levantaban el mejor fuerte para proteger su historia.
Él la enseñó a creer, a ser exigentes cuando era necesario, a defender con el alma y así construir el respeto. En ese momento tan delicado descubrió las tonalidades; colores que nunca había visto, sonidos que nunca había escuchado, sentimientos que contuvo y que, ahora, vivía intensamente. Aprendió que la vida hay que afrontarla con una sonrisa por mucho que, a veces, cueste.
 
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